Adelaida: fuga a Italia | Federica Arnoldi

Carismática e inconformista intérprete del panorama cultural de su época, la artista ítalo-argentina Adelaida Gigli no observaba el mundo desde las cuatro paredes de una habitación para ella sola. Por el contrario, su existencia estuvo marcada por mudanzas y salidas, hasta su fuga a Italia, de Buenos Aires a Recanati, donde nació en 1927 y donde decidió regresar a finales de los años setenta, después de haber vivido en América Latina. en las décadas de agitación y represión.

Aún no tenía treinta años cuando, junto a los hermanos Viñas, Ismael y David, fundó la revista en 1954. Lado, hoy objeto de culto entre los estudiosos de la literatura hispanoamericana atentos a la historia de la crítica literaria militante. Esta es la época en la que Gigli inaugura su trayectoria intelectual personal, caracterizada por el compromiso político y las incursiones en diferentes campos expresivos: fue autora de intervenciones críticas, escribió poemas y cuentos, y se dedicó a las artes plásticas. Sin embargo, no dejó mucho de sí mismo ni de su obra o, dicho de otro modo, nadie hasta hoy había tomado medidas para reconstruir las huellas de su obra y ponerlas en conocimiento de otros en forma de una historia y compartirlas. memoria.

Adrián N lo hizo. Bien hecho. adelaida (Nutrimentos, 2024). El libro es, ante todo, toda la historia de una amistad, que Bravi elige representar poniéndose directamente en juego. El autor conoce a Gigli en Recanati, también gracias a la experiencia migratoria común que los trajo a Italia desde Argentina. Los motivos de la expatriación son diferentes, pero la relación se consolida mediante el descubrimiento de una red de personas que ambos conocen. A pesar de pertenecer a generaciones distintas, Adrián y Adelaida se reconocen cercanos al compartir afectos e ideas; De la interacción entre las dos voces nace una narrativa en capas que las une. La singularidad y especificidad de este encuentro produce un cruce de los límites establecidos por el rol del narrador y el del narrado; el resultado es un escrito que aúna reconstrucción histórica y fuerza emocional.

La adhesión inequívoca del yo del narrador al del autor – “Conocí a Adelaida Gigli en octubre de 1988, cuando tenía sesenta y un años” – corresponde en este caso a un fuerte sentido de responsabilidad hacia los lectores. Bravi se muestra ante ellos como un cronista y portavoz imperfecto que tiene en cuenta los obstáculos mientras narra, desentrañando la irregular sucesión de los recuerdos de Adelaida: “¿Por qué, me pregunté, nunca lo he grabado? Debería haberle preguntado más sobre su vida, haber tomado notas, haber conocido más detalles sobre ella”.

Pero las omisiones, silencios y resistencias de la protagonista, a la que “no le gustaba hablar de sí misma”, contribuyen a su caracterización, haciendo de la desgana del personaje, marcada por el dolor pero intolerante a la retórica nostálgica del exilio, el punto fuerte de la película. Narrativa: “Después de todo, nuestra vida no es más que una interminable serie de agujeros”.

Los acontecimientos biográficos de Adelaida son aventureros y trágicos. La niña tenía cuatro años cuando, en 1931, su padre Lorenzo -un pintor ya conocido y apreciado tanto en Italia como en Argentina- decidió trasladarse a Buenos Aires para escapar del fascismo: “las dictaduras siempre han sido el principal motivo de Los movimientos de Adelaida”, desde la llegada de la familia Gigli a Argentina, pocos meses después del golpe de Estado del general Uriburu, hasta el régimen de Videla, “que la obliga a exiliarse, tras la desaparición de su hija Mini y, posteriormente, de su hijo Lorenzo Ismael”. El padre de los dos niños, el escritor y académico David Viñas, ya fuera de Argentina, se mudó primero a España y luego a México, mientras que Adelaida encontró refugio en Italia, donde enfermó y murió en 2010.

La dictadura de Videla, con su delirio persecutorio, es el telón de fondo de la historia de Mini y Lorenzo Ismael Gigli. Los hijos de Adelaida, junto a otros jóvenes montoneros, son los protagonistas del empuje narrativo de Bravi en los años setenta. En las páginas dedicadas a ellos, la literatura y la historia se combinan para contar la historia de la resistencia y la lucha clandestina contra el sometimiento a la arrogancia manifiesta y la violencia clandestina. El resultado es una historia de gran valor testimonial y literario, con la que el autor se adentra en el territorio impermeable del trauma, la represión y el resurgimiento.

Adrián N. Bravi combina invención y testimonio directo; Pretende la investigación histórica como motor de la ficción literaria y se sirve de distintos tipos de materiales: entrevistas, fotografías, postales, cartas, a las que sitúa junto a los versos que la propia Gigli dejó en papel y que nunca publicó, “como casi todos de sus cosas.” Estos materiales ayudan a dar forma a una figura que adquiere, página tras página, la intensidad del emblema: la Adelaida de Bravi es una mujer que entendió la Historia como un lugar aireado y abierto al cambio, pero trajo sus cicatrices y contradicciones. En el relato de su vida resuena la intención de abordar la finitud para hacer de los acontecimientos del individuo algo más grande, que coincide con el universal humano y que por eso concierne a todos: “estamos determinados por muchas historias que, examinadas más detenidamente, son nuestras”, afirma Bravi en la entrevista al escritor Angelo Ferracuti publicada el 15 de marzo en Siete (Corriere della Sera).

Del cuidado en recuperar y restaurar las razones de quienes nos precedieron surge, con adelaidael valor ético de la escritura, que hace de los conflictos de una época el material de una palabra novelesca dirigida a quienes saben leer en el interior de las historias algo más que el destino de los muertos.

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